
Bio
Hay un punto de quiebre,
De chica creía que las metáforas servían para proteger los secretos. A los doce años escribía poesía porque intuía que había cosas que podían decirse mejor sin nombrarlas. A los diecisiete, uno de sus haikus fue seleccionado como finalista en un concurso presidido por María Kodama.
Ese primer vínculo con el lenguaje no buscaba decir, sino proteger: decir algo sin que pudiera leerse del todo.
Más tarde, el interés se desplazó. Eligió el periodismo como un movimiento opuesto: investigar, revelar, hacer visible aquello que permanecía oculto. Sin embargo, durante sus prácticas en un diario descubrió que incluso ahí la palabra tenía límites.
Esa tensión entre lo que se quiere decir y lo que puede sostenerse en un sistema se volvió una constante.
A partir de entonces, su recorrido se desplazó hacia otro ámbito. Durante más de veinte años trabajó en el sistema financiero, donde su tarea consistía en detectar desvíos y puntos ciegos en estructuras que aparentaban funcionar. Allí la lógica era otra: corregir errores.
Con el tiempo, esa operación también encontró su límite. En 2016, una enfermedad autoinmune alteró su relación con el cuerpo y el tiempo. Algo dejó de responder de manera previsible. En 2018 dejó definitivamente el mundo corporativo y, un año después, una residencia en Italia marcó el inicio de un desplazamiento decisivo.
La pintura aparece en ese punto. No como elección clara, sino como un espacio donde esas lógicas dejan de funcionar y el cuerpo se hace presente. Ya no se trata de ocultar, revelar o corregir, sino de sostener aquello que no responde. Encuentra en la práctica artística un territorio donde ya no necesita explicar y donde los errores pasan a formar parte de la materia.
Trabaja sin boceto, en sesiones donde la acción y la duda conviven. No busca eliminar el error, sino sostenerlo el tiempo suficiente como para que produzca forma. La obra no parte de una imagen previa, sino de aquello que ocurre cuando una estructura deja de responder.
Utiliza acrílicos, aerosol y marcadores, tensionando lo orgánico y lo estructurado. Superpone, borra, acumula. Incorpora también objetos encontrados y construidos, activándolos como parte de un mismo proceso. Sus piezas funcionan como campos donde algo puede conjurarse o revelarse.
Entre 2022 y 2025 profundizó el estudio de la astrología como investigación de estructuras invisibles y sistemas simbólicos, extendiendo esa lógica hacia la pintura.
La fe no aparece como punto de partida, sino como una consecuencia del proceso: cuando se activa, la obra logra desplegarse. Trabaja en ese punto inestable donde una acción mínima puede sostener o desestabilizar todo. Ahí se juega una dificultad contemporánea: confiar en lo fallado, en aquello que no responde a las lógicas de eficiencia, productividad y control.
Actualmente trabaja en su estudio en Quilmes, donde desarrolla distintas series e investiga lo que denomina Sistema nervioso del arte: una práctica donde la obra no representa una experiencia, sino que la atraviesa; donde algo comienza a transformarse antes de ser comprendido.

