
Statement
Algo está por ocurrir. Una escena se prepara, pero no empieza en un punto preciso. Viene de antes: del ruido de la calle, de la gente, de la humedad, de lo que se acumula sin orden, de un cuerpo atravesado por todo eso. En algún momento, eso se activa.
Hay una prueba: un gesto mínimo queda expuesto y se repite más tiempo del necesario. La duda no detiene la acción, la interrumpe y, en esa interrupción, algo empieza a funcionar. Entonces la fe aparece como riesgo, como aquello que se pone en juego cuando todavía no hay garantías.
La relación con la materia no es instrumental. No se trata de aplicar pintura, sino de trabajar sobre un campo. La arrastra, la raspa, la remueve. Cava, abre huecos, vuelve a cubrir. Hay una insistencia corporal en ese gesto, como si la superficie fuera tierra y la pintura algo que se entierra, se desplaza o se hace aparecer. En lugar de construir una imagen, activa un terreno, o incluso objetos que encuentra o produce, desplazando el límite entre lo inerte y lo activo. La materia se toca, se empuja, se mezcla, se cocina. Se trabaja como algo que puede responder.
La obra sucede en ese intento de sostener algo incluso antes de poder creer en eso. Como una reanimación: una fe mínima en que algo —aunque sea apenas— va a volver a respirar.
Finalmente, algo brota: fragmentos, restos, gestos en un campo arrasado. En ese punto inestable, donde nada se rompe del todo pero tampoco se afirma, aparece una dificultad contemporánea: confiar en lo que viene fallado, en lo incompleto. Bajo el mandato de la eficiencia, la productividad y el control —donde lo que no funciona se descarta— su trabajo sostiene precisamente eso.
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